La risa oblicua

En un ya célebre artículo publicado en 1957 en la revista Sight & Sound, John Berger constataba cómo la indiferencia y el tedio eran las reacciones naturales que suscitaba la mera mención de la palabra documental. “Oh, documentales. ¿Te refieres a esas películas que son como ir en el coche conduciendo con la radio puesta?”, fue la respuesta de un amigo ante el entusiasmo manifestado por el crítico inglés tras asistir a una sesión del Free Cinema. Si bien la anécdota se sitúa en un momento en que la propaganda y el didactismo dominaban la producción documental, hoy sigue resultando esclarecedora de cómo, para el común de los mortales, el documental está ligado a la seriedad, el cientifismo, la denuncia, la crítica social… En definitiva, a todo aquello que, aunque interesante e incluso enriquecedor, está lejos de resultar divertido.

Tradicionalmente alineado con los discursos de sobriedad, el documental parece haberse tomado demasiado en serio a sí mismo a lo largo de su historia. No en vano, en los roles que el historiador Erik Barnouw atribuye al documentalista (profeta, explorador, abogado, poeta, promotor, observador o guerrillero, entre otros), no encontramos el de sátiro o bufón -funciones presentes en numerosas formas artísticas y no exclusivamente por su vis cómica-. Por su ligereza, ambivalencia, ausencia de solemnidad y voluntad distanciadora, el humor habría sido un anatema para un documentalista confiado en la univocidad de sus representaciones y temeroso de poner en entredicho el respeto debido a sus actores. Así, la comicidad o el humorismo que podríamos encontrar en un rápido vistazo a los más de cien años de cine de lo real –como la sátira de À propos de Nice, la explícita jocosidad de Comizi d’amore o la pura broma de The Spaghetti Tree– no vendrían a ser más que excepciones que confirman la regla, desvíos de un horizonte discursivo rígidamente delimitado por la objetividad, la verdad o el deber social. Si ha habido humor en el documental, se ha perfilado de forma oblicua: como una sonrisa a medias, una respuesta involuntaria o secundaria, soterrada bajo otros propósitos más graves y prioritarios.

No obstante, si aludimos a la metáfora geométrica en el título del ciclo y del libro que lo acompaña, no es sólo para subrayar su carácter excepcional, sino también para constatar cómo en el momento en que el documental se ha aliado con el humor lo ha hecho a fuerza de desviarse y cuestionar su propio canon. O, como sugirió Antonio Weinrichter, cuando ha perdido su venerable estatus y casto nombre. Es a partir de los años ochenta (y con mayor profusión en el último decenio) cuando lo documental y lo cómico convergen sin rubor como síntoma adicional de una crisis que afecta a la institución documental y que se enmarca en un contexto cultural y mediático más amplio. Ya no es posible hablar del documental (únicamente) como discurso de sobriedad. De la mano de la telerrealidad y de plataformas on-line como YouTube, se han producido irreverentes mutaciones e hibridaciones de lo factual. Con el giro subjetivo, las pantallas se han llenado de documentalistas inseguros, patosos e incapaces de lograr sus objetivos; antihéroes que, de forma irónica, no pueden más que reconocer sus dificultades para representar lo real.

El documental se atreve a reírse de sí mismo, parodiando sus propias convenciones y pretensiones, como demuestra la inagotable producción de mockumentaries, e incluso subvierte el discurso cultural hegemónico que él mismo había contribuido a apuntalar a través de películas que revisitan su historia y sus patrones o cuestionan nociones como el sexo/género o la otredad cultural. Estamos ante un humor corrosivo, que dinamita cualquier afán totalizador de significado, pero que, sin lugar a dudas, ha supuesto un estimulante revulsivo en el desarrollo de la no ficción.

Lejos de abarcar todas las manifestaciones cómicas en la no ficción contemporánea y dejando de lado de forma voluntaria corrientes más populares como el fake y otros filmes que han gozado de mayor visibilidad, el ciclo “La risa oblicua” trata de establecer un equilibrio entre clásicos ineludibles, filmes seminales y películas inéditas en nuestro país; entre cineastas “observadores” y “actores”, entre el retrato y el autorretrato, entre lo político y lo personal, entre el documental y el cine experimental…, sin olvidar una plataforma como Internet, a través de una selección de gags, ensayos, delirios, bizarrías, y diferentes piezas de carácter híbrido que estarán accesibles en la página web del festival.

Quizás sería presuntuoso apropiarnos para este ciclo de aquel eslogan con el que las comedias prometían no decepcionar al público proclamando que “la risa está garantizada”. Pero creemos que las notables dosis de humor, ironía y sarcasmo que contienen cada uno de los filmes servirán, cuando menos, para vencer prejuicios y ensanchar las expectativas que como espectadores depositamos en el documental. Y, por qué no, también para provocar, en algún momento, una extraña risa oblicua.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: