Las (insu)musas se divierten

Yo NO soy esa se presenta desde su título como una propuesta aparentemente clásica que toma la diferencia sexual como eje articulador. No obstante, el ciclo, dividido en diez sesiones temáticas, no sólo revisita los temas de agenda política de la segunda ola feminista —maternidad, sexualidad, roles de género, mujer-objeto—, sino que los actualiza y reformula hábil y lúcidamente, como sucede en el programa dedicado al matrimonio donde dialogan dos filmes antagónicos en su premisa liberadora como Margarita y el lobo (Cecilia Bartolomé, 1969) y Motu Maeva (Maureen Fazendeiro, 2014). Uno de sus mayores atractivos radica en indagar en la pluralidad de formas tecnológicas y estéticas en que las prácticas contestatarias realizadas por mujeres se han manifestado a partir de los 60 y, fundamentalmente, de los 70: desde las irreverentes deconstrucciones del lenguaje y el género realizadas por las grandes autoras de la otra modernidad (Riddles of the Sphinx de Laura Mulvey o Las Margaritas de Vera Chytilova) hasta las más heterodoxas propuestas posmodernas que exploran las posibilidades expresivas, kitsch y queer del digital entroncando con el underground, como ocurre en el sorprendente corto Whiskers Between my Legs (Julie Verhoeven, 2014). Más allá de los binarismos de género, aquí claramente en tensión, se aprecia un notable esfuerzo —quizás entrelíneas— por ubicar la producción feminista dentro de la corriente de los “cines menores”, como proponen teóricas como Patricia White o Alision Butler. Esto es, como discursos que operan de forma dispar dentro de un sistema cultural hegemónico, pero que siguen siendo políticos, colectivos en su enunciación y desterritorializados —de nuevo, Yo NO soy esa—. De ahí el ambivalente lugar que estas cintas suelen ocupar en los festivales, nodos centrales de una red contemporánea de difusión y creación de significados que, como incide White, simultáneamente permiten y limitan su reconocimiento.

Lógicas de la (des)identificación

Además de actriz de culto, Delphine Serying fue una enérgica activista que fundó a mediados de los 70, con Carole Roussopoulus, Ioana Wieder y Nadja Ringart, el colectivo “les Muses s’amusent”. Un ingenioso juego de palabras con el que se manifestaba la voluntad de buscar nuevas formas de representación por, para y sobre las mujeres que fueran lúdicas, irónicas y airadas. Serying abordó directamente las relaciones entre la erotomanía y el star-system femenino en Sois belle et tais-toi (1981), un documental de entrevistas en el que la fotogenia del primer plano queda deliberadamente eclipsada por las palabras de más de una decena de actrices (Jane Fonda, Anne Wiazembsky o Maria Scheider, entre otras) que reflexionan sobre su condición especular y espectacular. Yo NO soy esa encuentra su correlato directo en muchos de estos testimonios y, en particular, en el de Fonda cuando relata el extrañamiento frente a su propia imagen tras haber sido sometida a una intensa sesión de maquillaje y cirugía dental para interpretar un papel. Esta visión de una actriz frente al espejo no sólo evidencia la pulsión escópica masculina inscrita en el cine (más o menos) clásico, sino también, como apuntó Berger, su capacidad de penetrar en la subjetividad para que las mujeres accedieran a tratarse a sí mismas principalmente como un espectáculo.

Pero el espejo se hizo añicos. Esta es la potente metáfora que explora Ulrike Ottinger en Ticket of No Return (1979). Su protagonista, ELLA —y solo la conocemos bajo un pronombre que denota y connota la diferencia sexual—, encarna una feminidad estereotípica, tan glamurosa como gélida, que se embarca en un periplo etílico de liberación autodestructiva, al tiempo que es perseguida por discursos reguladores del yo: el sentido común, las normas sociales y las estadísticas. En el filme, su condición de signo visual se ve constantemente subrayada mediante ventanas o pasillos que reflejan y distorsionan su figura. ELLA es, en definitiva, la imagen de una presunta esencia femenina imposible de recomponer, al menos, desde los ochenta. Si estas cintas muestran la feminidad como mascarada, otras proponen su deconstrucción bajo las políticas queer. Flaming Ears (Angela Hans Scheirl, Dietmar Schipek y Ursula Purrer, 1992) es una exquisita aventura visual en Súper-8 cuya intricada narrativa anti-romántica coquetea con el terror y la ciencia ficción. Sus tres personajes actualizan y problematizan en clave retro-futurista la estética lésbica de la butch y se prestan a diferentes prácticas eróticas provocadoras e inusitadas, como mantener sexo con un aparador. Una propuesta barroca, camp, performativa y definitivamente underground, que tiene su eco en The Ballad of Genesis and Lady Jaye (Marie Losier, 2011), uno de los más poderosos y bellos alegatos recientes sobre la plasticidad de las identidades y los deseos. Por paradójico que pueda resultar, la gran transgresión de Genesis P-Orridge y Lady Jaye consiste en reconocerse como musas y declararse mutuamente “Yo soy ELLA”.

[Artículo publicado originalmente en el número 54 (105), noviembre 2016, de la revista Caimán. Cuadernos de Cine]

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